En cuanto vuelvo a casa a finales de agosto, se me olvida que algo tan sencillo es lo que salva cada año mis vacaciones en el pueblo. Me refiero a las noches “a la fresca” con mis vecinas. Después de cenar vamos saliendo a la calle, cada una con su silla, y pasamos un rato charlando de lo divino y lo humano. A veces se improvisan cenas, “venga, yo saco el vino”, “pues yo un bizcocho para el café”, y así, entre risas, vamos formando un corro de mujeres de edades, trabajos e intereses dispares. Tan solo queremos reirnos de vez en cuando, que no nos coma la rutina, no sentirnos tan solas. Sin embargo, inconscientemente, lo que buscamos es vernos reflejadas en las otras, y aprender estrategias para sobrellevar el paso del tiempo, y sus estragos.
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